Galdós y su fallido alcance de un público internacional

El Premio Nobel de Literatura de 1912 fue otorgado a Gerhart Hauptmann. En ese año se añadieron dos nuevos nombres a la lista de los grandes no ganadores de este premio, una lista encabezada por Henrik Ibsen (m. 1906) y León Tolstoi (m. 1910). August Strindberg murió el 14 de mayo; al menos había tenido el consuelo de un “Premio Nobel del Pueblo”, otorgado en el clímax de un desfile público por las calles de Estocolmo un par de años antes. El destino de Benito Pérez Galdós fue más conmovedor. Aunque nominado en 1912 como candidato oficial de España, fue derrotado gracias a una campaña levantada por sus enemigos políticos españoles. Galdos murió en 1920, a la edad de 77 años, con su sueño de llegar a un público extranjero en gran medida irrealizado. Leer en otro idioma era, para el más grande novelista español desde Cervantes, el equivalente a la determinación de Stendhal de ser leído por los “infelices” que lo descubrirían póstumamente. Sólo ahora, más de cien años después de que comenzara a trabajar en las Novelas Españolas Contemporáneas, Galdos parece estar encontrando el público “imparcial” y no hispanohablante con el que soñaba. La animada traducción de Fortunata y Jacinta (1887) de Agnes Moncy Gullon es la segunda versión reciente en inglés de una novela tan representativa de la imaginación europea de mediados del siglo XIX como Middlemarch, L’Education Sentimentale y War and Peace.

Sea lo que sea lo que condenó a Galdós a la negligencia internacional, ciertamente no fue la insularidad del punto de vista. Para los lectores británicos el caso es particularmente irónico. El autor de Fortunata y Jacinta se inspiró en Balzac y Scott y en su maestro mas amado, Dickens. Hizo varias peregrinaciones literarias al Londres de Dickens. Es esencialmente un novelista metropolitano, y sus madrileños son – huelga decir – tan inseparables de su ciudad natal como lo son los Dickens’s Cockneys y los Balzac’s Parisians. Sin embargo, cuando se aventuran fuera de ella, Inglaterra es el país al que su imaginación más a menudo se dirige. En Fortunata y Jacinta leemos de la hija de un ferretero que se deleita con su colección de sellos ‘Made in Birmingham’, y del señor Moreno, un enamorado anglófilo, que muere de un infarto tras un día de compras de abanicos y panderetas para hacer una última visita a sus amigos ingleses. La razón por la que nuestros predecesores victorianos no codiciaron las novelas de Galdós, junto con sus abanicos y panderetas, podría estar en la doctrina de Podsnappian de que la novela debería ser incapaz de traer un rubor a la mejilla de la persona joven. Fortunata y Jacinta, la obra maestra de Galdós, se sonrojaron. No es sólo que Fortunata sea, en la sincera tradición continental, una Mujer Inmoral. Galdos va mucho más allá de lo que los’novelistas de tugurios’ ingleses mostrarían a sus personajes de la clase obrera peleando, tirándose unos a otros, amamantando a sus bebés y (en un caso memorable) orinando en la alfombra de la sala de estar. El uso que hace el traductor de la palabra “follar” y sus derivados es fiel al espíritu del diálogo de la novela. Además, Galdos retrata el deseo femenino y los juegos sexuales previos y las charlas de amor de las personas casadas de una manera que, cuando se intenta, por los principales novelistas eduardianos, llevaría a la prohibición de sus obras de las bibliotecas públicas inglesas provinciales.

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